Posee una formación humanista profundamente vinculada al pensamiento filosófico y a la práctica artística, entendida como creación—y no como mera producción de objetos—que interroga sin cesar las condiciones de posibilidad del ver, del pensar y del hacer, todos ellos como manifestaciones de un mismo acto creador.
Su trabajo se despliega como creación que, lejos de fijar significados cerrados, abre el sentido como acontecimiento y desvelamiento. La obra, antes que un fin, es resto o derivación: un umbral donde el pensamiento se vuelve visible sin dejar de ser problemático.
Entre sus intereses centrales se encuentra la pregunta por la naturaleza del plano del dibujo y la pintura y sus condiciones de posibilidad: un lugar ontológico de mediación—no una superficie neutra—, allí donde presencia y presentación se coimplican. El plano no representa: acontece. Es el lugar donde el mundo se pliega, el sentido emerge y lo visible adviene bajo condiciones siempre inestables: una ontología del aparecer.
También el negro—la privación de la luz, la oscuridad—es, antes que carencia, potencia y condición de posibilidad física y metafísica: señala la negatividad constitutiva de toda aparición. El reverso del espejo—el azogue—se convierte así en un espacio privilegiado de pensamiento y creación: su espesor oculto antes que la superficie del reflejo, allí donde lo real se insinúa como posibilidad sin llegar a mostrarse.